
Marco miró la silla de enfrente vacía, la luz de la vela iluminaba tenuemente aquella soledad evidente. El vapor convertido en humo lo distrajo por un momento, tomó un sorbo del té amargo que se sirvió momentos atrás, hasta eso lo hizo regresar al pasado, que diferencia con la dulzura de un té preparado por unas manos cariñosas, tan pendientes de cualquier detalle que faltara.
El frío se invitó a este ritual con unos dolores intensos a las articulaciones de las rodillas, no había ya dinero para la pomada sustituta del calor, sus huesos desgastados por los años lo llevaron a comparar su cuerpo con su espíritu, solo le quedó pasar de una sonrisa insegura a una carcajada rabiosa, mientras sobaba sus rodillas. Contra lo que tanto luchó llegó ahora convertido en sello del destino, ironía de un pasado falso y engañoso. La lluvia lo distrajo por un instante, las gotas de agua resbalaban por su ventana, su mirada se fijó en una de ellas que se precipitaba para perderse en el pasado.
La lluvia comenzó a arreciar aquella noche también, Marco llegó esa noche presuroso y nervioso, estaba algo sudoroso producto de su prisa por alcanzar una puntualidad algo dudosa en él; y de los sentimientos que tenía que enfrentar ante ella. El lugar estaba lleno, algo inusual en todos esos años desde la primera vez en que se convirtió para ellos en un lugar seguro y acogedor, escapaban siempre de la lluvia o el frío intenso de la calle, que impedían continuar las noches mágicas de charla y encanto que no querían terminar jamás. Pero esa noche era diferente, se habían dejado de ver como dos semanas, se hablaron ocasionalmente por teléfono, pero evitaron confrontar con sus miradas lo que era evidente. La había llamado una hora antes y aceptó gustosa la cita, también quería ver lo que estaba pasando, la incertidumbre la acosaba, pero no sospechaba lo que Marco le diría minutos después.
La puerta emitió un golpe terrible, el viento se confabuló con su destino y lo trajo de nuevo del pasado para seguir contemplando su presente, se hízo mas evidente aún cuando un destello le mostró las arrugas de sus manos, la luz había regresado. Salió al pasillo para ver como sus compañeros en el hospicio celebraban como si ese retorno de energía fuera un premio excepcional. El calor fue reconfortante para sus articulaciones, aunque ahora cualquier alivio es contribuir a alargar lo que ya no quiere que dure más. Quiso regresar forzosamente al pasado para recordar su rostro.
Se despojó cuidadosamente del gorro que cubría su cabeza, trató de ordenar alguno de sus cabellos que escaparon de su ordenado y brillante peinado, su cabello complemento perfecto a su rostro siempre alegre y jovial. Luego de las mil disculpas confusas, sus manos algo húmedas como siempre tomaron las de ellas que estaban juntas, las quiso cubrir, proteger, como quería desde ese día hacer con ella. Le contó todo lo que sentía, venció su temor a perder a la que había sido hasta ahora su mejor amiga. Ella enmudeció, sus ojos querían retener unas lágrimas que se resistían a salir, pero que evidenciaron una confusión no esperada por Marco. Le contó de cuanto deseaba estar cada minuto con ella, de como había comenzado a titubear las últimas veces que hablaba con ella, de cómo la empezaba a extrañar después que la dejaba en su casa; que necesitaba de esas largas caminatas que habían acostumbrado a hacer llenas de historias y carcajadas. Le juraba que a partir de ahora y hasta siempre todo lo que haría giraría en torno a ella. El silencio hizo un paréntesis largo e incómodo, Marco se impacientaba al ver los ojos de ella llenas de frases contenidas hasta que oyó decir: ¿Y tu beca? El le respondió que por eso no quería hablar con ella en esas dos últimas semanas, que le sirvieron para pensar en cuánto era ella más importante que su carrera. Acercó su rostro para besarla, sabía que con esa última declaración ella accedería, cuando sus labios se acercaron a su rostro sintió los dedos ella. Abrió los ojos y vió las lagrimas incontinentes discurrir por sus mejillas, le dijo que ella también estaba sintiendo lo mismo por él y que tenía que hacer ese viaje, que ella tampoco lo había llamado porque era mejor así, tenían que olvidarse, el tiempo haría lo demás, que su futuro era lejos y no acá.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos también, un par de ellas mojaron la foto de ella ya borrosa por el tiempo. La ironía le volvió a robar una sonrisa cuando de ese baúl también sacó el boleto de avión que jamás usó, esa foto recurrente y periódicamente oculta fue lo único que le quedó de ella, junto con los recuerdos grabados en su memoria de esas entrañables e interminables caminatas, guardó el boleto y la foto siempre juntas, cerró el baúl y dio con dificultad unos pasos hasta su cama, la foto de sus hijos con su esposa en el velador generaron unas frases algo confusas, pero tenuemente rabiosas dirigidas al destino. De la puerta viene una voz algo enérgica advirtiéndole de que se apagaban las luces, Marco sólo añadió: "Ojalá se apaguen todas pronto".
domingo 25 de mayo de 2008
Con las luces apagadas
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